Perrault sólo dulcificó terribles leyendas medievales. El bosque representaba lo prohibido, lo inhóspito, lo malvadamente contrario a la aldea y al poblado. Allí, en la frondosidad de parajes inexplorados, habitaban demonios. Lobos, animales de cuatro cabezas, gnomos, raíces de belladona...
Caperucita sin dulcificar es invitada antes de 1.600 a probar carne y sangre humana. Sangre de su abuela, cuerpo ofrendado al paganismo insólito de los monstruos. Perrault, sin saberlo, la fastidió. Se puso al lado del bien, amagó contra la bestia indomable caníbal que podía arrastrar a la chica hacia el frenesí sexual. Desbarató el bosque dotándolo de amables pájaros que trinan perfección divina. Colocó a sus personales policías, los cazadores, justicieros, carceleros, matarifes de maldades, privándonos del goce de la insurrección. Al azucarar la leyenda, dio pié a que cualquier idiota subvencionara un mundo idílico, conformista, ordenado y adocenado. Desde entonces y, salvo excepciones que confirman la regla, el pasteleo en los cuentos infantiles es máximo, alcanzando el paroxismo de la gilipollez la factoría Dysney. El buen Perrault no calibró lo suficiente la situación. De todos modos, como la naturaleza es sabia, de vez en cuando un par de niños arrancan los ojos a sus idiotas muñecas. Es la reivindicación del bosque.
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martes, 6 de diciembre de 2016
sábado, 3 de diciembre de 2016
EL MONO DE LA TINTA
Habla Borges en "El libro de los seres imaginarios" de un mono que abunda en las regiones del norte y que tiene cuatro o cinco pulgadas de largo. Al parecer es muy aficionado a la tinta china, y cuando las personas escriben se sienta con una mano sobre la otra, con las piernas cruzadas, esperando que hayan concluido para beber el sobrante de la tinta.
Borges cita de corrido una fábula que ya contó en 1791 Wang Ta-Hai. Sólo vengo a confirmar que cuando el veneno de la escritura entró en mi vida para destrozarla definitivamente con pensamientos, frases y gerundios robustos, una tarde cualquiera, todos los bolígrafos de casa, incluidos los escondidos en el secreter del buró, aparecieron vacíos. Conté a quien me quisiera oír que había visto escapar por el ventanal hasta la frondosidad de los sauces una criatura escueta, pequeña, filigranesca. Y que su boca estaba manchada de tinta. Nadie me creyó. Desde entonces, cada mes ofrendo a la benevolencia de poder escribir, dos cápsulas, azul y negra de tinta indeleble china. Al otro día, sin más, aparecen secas.
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